jueves 26 de noviembre de 2009

¡SI ES QUE LAS CHICAS SÓLO QUIEREN DIVERTIRSE!

Hace unos días, mientras estaba en la guagua para ir al trabajo, creí tener una especie de déjà vu. No obstante, al cabo de un rato descubrí que la sensación que tuve nada tenía que ver con ese engaño del cerebro por el cual éste nos hace creer que hemos vivido con anterioridad una situación completamente nueva. En mi caso no cabía tal paramnesia porque el hecho que creí haber vivido había ocurrido de verdad con anterioridad, sólo que lo había olvidado.

Viene a cuento lo anterior porque resulta que el chófer que realiza el trayecto que me lleva hasta el trabajo tiene la costumbre -como cualquier conductor para no aburrirse- de poner la radio. Y habiendo subido y bajado ya de esa guagua con la suficiente frecuencia, he constatado que el hombre en cuestión tiene, a mi entender, buen gusto y sensibilidad para la música -o al menos tiene más de ésta última que al frío, porque si no cuesta entender el excesivo uso que hace del tan artificial y desagradable aire acondicionado-. En los veinte minutos que dura el viaje aproximadamente, puedo escuchar todo tipo de estilos musicales de los setenta, ochenta y noventa... y nada, menos mal, de esos sonidos primarios, repetitivos y primitivos que son calificados coloquialmente como música.

Y en esas estaba este miércoles, escuchando música mientras miraba por la ventanilla las casas del barrio de San Cristóbal, cuando empezó a sonar una canción con un ritmillo bastante ochentero que me parecía haber escuchado antes pero que no terminaba de identificar. Terminó la canción y yo seguía intentando recordar de qué me sonaba, hasta que al rato, buscando en ese ala del cerebro que seguramente tenemos y en donde se almacena nuestra memoria musical, me acordé de que se parecía bastante a la canción de Russian Red Girls just want to have fun. Y efectivamente: cuando llegué a casa y me puse a investigar en internet descubrí que la canción que yo creí que era de esa cantautora era tan sólo una versión de la cantada por Cyndi Lauper, cantante estadounidense que no conocía hasta el día de ayer. Creo que me costó muchísimo reconocer las dos versiones por lo diferente de ambos estilos.

Continuando con la investigación también descubrí que ha sido versionada por artistas como Miley Cirus y Angy, cuya muerte -artística, me refiero- espero que se produzca pronto, aunque también por grupos como The killers. Como podrán observar la letra de la canción no es nada del otro mundo, pero aún así me gusta, tiene un buen ritmo y un ligero toque de rebeldía bastante interesante. En cuanto a las versiones, obviando las de las dos últimas cantantes ya mentadas, no sabría con cuál quedarme. Seguramente acabaría escogiendo la de Russian Red, ese estilo único que tiene, medio country y medio indie, hace que la versión sea muy singular. Aunque he de reconocer que la de Cindy Lauper también tiene un ritmo pegadizo.


Girls just wanna have fun (Cindy Lauper):



Por cuestiones de derechos de autor Youtube no deja copiar libremente el videoclip original, así que siento que se tengan que conformar con ese vídeo de fondo rosa chicle. De todos modos, si están interesados, aquí tienen el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=WdAYDL8CJy8 . No sé a ustedes, pero para mí el final tiene un cierto aire a la escena del camarote de los Hermanos Marx, de Una noche en la ópera.

Versión de Russian Red:




martes 24 de noviembre de 2009

EL SIGLO DE LAS LUCES... DE ALEJO CARPENTIER

Como por todos es sabido, la Ilustración fue ese movimiento cultural que vino a desarrollarse en Europa a mediados del siglo XVIII, y que alcanzó su cénit con los comienzos de la Revolución francesa. Fue ésta una época en la que las grandes mentes ilustradas sostenían que, mediante el uso de la razón, defectos humanos como la ignorancia, la tiranía, la superstición... podían ser vencidos. Esta forma de pensar y de ver la vida influyó (como sucede siempre que se produce un cambio revolucionario) en todos los aspectos de la sociedad, desde la economía y la política hasta en el mismísimo arte, con la aparición de un nuevo estilo, el neoclasicismo (como neoclásica es, por ejemplo, la fachada de la Catedral de Santa Ana). Por todo lo dicho anteriormente el siglo XVIII fue también conocido como el Siglo de las luces; un siglo que, mediante la innovación, pretendía iluminar las tinieblas de humanidades pasadas.

Y sobre este Siglo de las luces trata la novela, del mismo nombre y publicada en 1962, del escritor cubano Alejo Carpentier. Nada de especial tendría este libro si no fuera porque narra los ya conocidos episodios de la Revolución francesa, si bien no desde un punto de vista distinto, sí al menos geográfico, pues la acción en donde transcurre la obra se sitúa mayoritariamente en el Caribe. Todo comienza en la todavía urbe colonial y ultramarina de La Habana, en donde los hermanos Carlos y Sofía, junto con su primo Esteban, quedan huérfanos de padre y tío respectivamente. De esta forma perderán la única familia que les quedaba, y a falta de la edad suficiente para dirigir el negocio del fallecido (comerciante de profesión), éste queda a cargo de un albacea de dudosa confianza. Mientras, los tres adolescentes vivirán una época de despreocupaciones absolutas entre juegos y libros, totalmente ajenos al mundo exterior que circunda los muros del recinto familiar.

Pero un día, por casualidad, se cruzará en sus vidas Víctor Hugues, comerciante marsellés afincado en Puerto Príncipe que acude un día a la casa de los tres jóvenes para hacer negocios con el dueño, de cuyo fallecimiento no tenía noticia. Este personaje singular (e histórico, pues parece que existió en la realidad) se convertirá en el protector de Carlos, Esteban y Sofía, y volverá a conectar a éstos con el mundo exterior. Por una serie de catastróficas desdichas deberán abandonar su pacífica y despreocupada vida de burgueses en La Habana y huir junto con Víctor Hugues, hombre de ideas ilustradas y masón que, tras el triunfo de la Revolución, no es bien mirado por las autoridades de aquella colonia española todavía muy enraizada en el Antiguo Régimen. A partir de este episodio decisivo, tanto Esteban como Sofía verán cómo sus vidas son arrastradas hasta lugares tan lejanos y variados como Paramaribo, Guadalupe, Puerto Príncipe, París, Madrid, Cayena... por culpa de los vientos de cambio que inspiró la Revolución francesa. Influenciados por las ideas de Víctor Hugues (al cual amarán y odiarán a partes iguales), ambos primos se verán obligados a tomar caminos separados, todo ello mientras crecen y ven cómo las ideas por las que luchan se convierten en algo sospechosamente diferente.

Mas allá de narrar las aventuras de Víctor Hugues, Esteban y Sofía (e incluiría a Carlos, pero éste permanece siempre en un muy lejano segundo plano), esta novela de Carpentier pretende hacer reflexionar al lector sobre la transformación que sufren los hombres cuando llegan al poder, haciendo que éstos justifiquen lo injustificable, creen eufemismos, leyes arbitrarias y alegorías incongruentes -véase la guillotina como símbolo de la libertad- para mantener unas ideas que, precisamente por el fanatismo con que son defendidas, se convierten en algo totalmente distinto. Otro aspecto que también sabe reflejar el escritor cubano, principalmente a través de los personajes de Víctor Hugues y Esteban, es la desilusión y la decepción que pueden sufrir los individuos cuando éstos se ven gobernados por fuerzas inaccesibles y superiores a ellos, cuyas motivaciones y acciones no llegan a comprender aunque lo intenten.

No obstante, esta novela de argumento tan apasionante hace uso de un estilo no apto para cualquier lector, haciendo que el libro pierda gran parte de la calidad que podría haber tenido. Se podría decir que, si bien esta obra de Carpentier está basada en el período de la Ilustración, su estilo es de un siglo atrás, barroco y recargado en exceso. El punto débil que hace del texto algo a duras penas legible para los lectores poco acostumbrados es la puntuación; los puntos y a parte son como oasis en el desierto (uno cada treinta o cuarenta páginas), mientras que la distancia entre cada uno de los puntos y seguido se hace excesivamente larga. Todo ello lleva al autor a crear largas oraciones en las cuales encierra entre comas una gran cantidad de datos innecesarios, con los que parece que el autor quiere dar a conocer sus elevados niveles de cultura, y haciendo de esta forma que el lector dude por momentos de si lo que está leyendo es una novela o un ensayo.

Éste es, por tanto, un libro que sólo osaría recomendar a aquellos lectores habituales que además dispongan de tiempo y paciencia. El siglo de las luces nos transporta a una época apasionante en la que su autor sabe crear una historia y unos personajes no menos apasionantes que vivirán situaciones de acción, romance y conflictos de todo tipo impulsados por un periodo histórico convulso en lo político, pero -¡oh, error de errores!- el estilo del que hace uso no facilita en absoluto su lectura, más bien todo lo contrario: convierte ésta en una epopeya digna de la que viven los protagonistas de su novela.

miércoles 11 de noviembre de 2009

DE CANTAUTORES Y JOAQUÍN SABINA

Con mucha frecuencia suele suceder en el mundo de la música (aunque también es extrapolable a la sociedad en general) que aquello que está de moda más tarde o más temprano deja de estarlo, o también todo lo contrario: que lo que se consideraba pasado de moda, retro, fuera de onda -o como dicen los más selectos "out"- vuelva con más fuerza que nunca a estar de actualidad.

Sin embargo, a muchos músicos y grupos musicales no se les puede encasillar tan fácilmente entre lo que está y lo que no está de moda, sino que pertenecen a un tercer grupo muy poco común que, simplemente, está, que permanece y perdura en el tiempo. Y esos artistas que están por encima de las modas -incluso de las modas de los estilos- son aquellos cuyas obras, ajenas a los azares de los gustos de la sociedad, valen por sí mismas.

Claro ejemplo de ello es el cantautor jiennense Joaquín Sabina, quien habiendo compuesto y cantado sus canciones desde principios de los años 80, con la consiguiente salida a la venta de catorce álbumes, consigue atrapar año tras año a nuevas generaciones de seguidores, lo cual demuestra la frescura de sus canciones. El genio de Úbeda, como se le llama -que no como le llamo- es, sino el más conocido de los cantautores españoles, uno de ellos. Y digo simplemente el más conocido y no el mejor, porque ahí están otros autores como Pedro Guerra, DePedro, Russian Red... menos veteranos pero con canciones también muy buenas.

Pero lo que hace que Sabina sea Sabina, es el propio Joaquín Sabina. Su forma de ver la vida junto con sus vivencias personales, reflejadas en sus canciones, a hecho que éstas, cantadas con esa voz profunda, casi ronca, que le caracteriza, tengan algo especial que permite a cualquiera que tenga oídos para escucharlas, sentirse identificados con ellas. Evidentemente, como cualquier artista, tiene canciones buenas y otras, que sin ser malas, no lo son tanto, pero en unas como otras se abarcan muchas temáticas.

Y ese es otro de los logros de Sabina: el ser uno de los primeros en desligar a la canción de autor de lo que en España, tal vez por cosas de dictaduras pasadas, se creía que eran sus dominios, la canción protesta o comprometida. Manteniendo esta faceta siempre necesaria, ha sabido introducir dentro de lo que es su estilo musical muchos más conceptos y puntos de vista que la mera protesta contra el poder o lo establecido -que suelen ser lo mismo, pero esa es ya otra historia-.

Sobre todo -y esto es quizá lo que más lo diferencia de otros cantautores-, uno de sus logros consiste en presentar la más cruda verdad. Una verdad cruda que al menos tiene la decencia de cocinarnos mediante esas letras llenas de metáforas y dobles sentidos, que suelen decirlo todo diciendo muy poco. Y es por eso por lo que a veces me pregunto por qué a mucha gente no le gusta Sabina. Seguramente será por lo de siempre; porque no gusta su estilo, su voz... pero también creo que es porque cantar las verdades más absolutas -y eso que hay pocas- sobre las cosas, los hechos o las personas, duele mucho, y eso a nadie le gusta. Quien se acerque a Sabina corre el riesgo de sufrir mientras lo escucha. Pero para mí, precisamente porque a veces uno sufre escuchándolo, es un auténtico placer.

Cerrado por derribo:



Pastillas para no soñar:



Y sin embargo (en vivo):

o



martes 10 de noviembre de 2009

SOBRE DIOS Y LAS COSAS... Y CITA (V)

En una época pasada, pero no por ello lejana en el tiempo, cuando aún supuestamente reinaba la espiritualidad sobre lo material, el primero de los Diez Mandamientos de la Religión cristiana ("amarás a Dios sobre todas las cosas") resumía muy bien esta preponderancia. Hoy, en cambio, habiendo sustituido el materialismo al cristianismo como religión dominante, erigiéndose para su mayor gloria centros comerciales -¡auténticas catedrales del comercio!- en cada parcela libre de suelo, cabría mejor decir "amarás a las cosas sobre todo Dios".

viernes 30 de octubre de 2009

MICRORRELATO (III)

La calle estaba preciosa a esa hora de la noche; unos pocos transeúntes paseaban distraídos mientras las luces de simétricas farolas que se fugaban por el horizonte brillaban sobre sus cabezas. Unos metros por delante creí ver a un fotógrafo tomando unas fotos a ras de suelo, pero cuando se levantó comprobé que sólo era un hombre recogiendo la mierda del perro.